-Queridos hermanos:
La homilía de hoy quiero dedicarla a aquellos que vacíos de sí mismo buscan en otros lo que a ellos mismo les falta debiéndoles a éstos mismos parte de lo que son y como escasos son de si son de otros lo que debiéran ser ellos mismos. No se si lo he dejado claro.
-Padre, ¿esto tiene que ver con la parábola del hijo pródigo?
-Las matemáticas las dejamos aparte que eso es harina de otro costal. Ya les hablaré otro día de la definición de la existencia según el teorema aplicado de las integrales derivadas consecutivas. ¡Menudos majaderos!
Quiero referirme a la oquedad de nuestra sociedad, sobre todo a la de los más jóvenes. No te rías Alfonso que no hablo de esas oquedades.
¡Pero que bruto eres!
-No, de parábolas nada, ya ya.
-Vamos a ver. Es del vacío ético y moral que azota a nuestra juventud a lo que me vengo a referir. Faltan valores e ideales, metas y fines que merezcan la pena y conviertan una vida insulsa en algo realmente rico y valioso, como para vivirla en armonía y en plenitud, ofreciendo y dando sin esperar nada a cambio.
Sin embargo las frágiles personalidades de nuestros hijos se vapulean en el constante bombardeo de imágenes e incitaciones absurdas a un consumo impulsivo y obsesivo donde el culto a la belleza, al éxito por encima de todos y de todo, competencia estúpida y fugaz, es el fin último. Y todo esto incrustado en el fondo de sus almas vacías.
No lo se, hermanos, ¿a dónde llegaremos con todo esto? ¿Cuándo fue la última vez que entró algún joven al templo?
-El lunes pasado, el del cepillo.
-Lo estaba robando Alfonso, lo estaba robando.
-¿Entonces no cuenta?
-No hijo, no. ¡Ay! Poderoso caballero don dinero. El gran culpable de nuestros males.
-Pero por su escasez, ¿no?
-Paco, no empieces tú como Alfonso que si no reparto las hostias y cierro el chiringuito. ¿estamos?
-Padre es que sólo estamos los tres y si todo lo habla usted se hace un poco monótono.
-Vale. De acuerdo. ¿Pero ha quedado claro lo que he intentado explicar con lo de la juventud y la falta de valores?
-Por mi sí pero vaya. Ninguno de los tres tenemos hijos.
-Lo dirás tú. Esto... sí claro. Lo que vengo a referir es que nuestra sociedad necesita una ayuda urgente. Debemos inculcarles que lo verdaderamente importante es el amor incondicional y desinteresado al prójimo. Hay que abrirle los ojos a la nueva juventud y desengañarlos del espejismo de la belleza como razón última a sus vidas, ilusoria virtud que no es mas fugaz y vana que el fuego fatuo.
-¿Eso era de Goethe?
-Pues yo mira que he dormido en el cementerio cienes de veces y nunca he visto nada de ese fuego. Y a Goethe tampoco.
-Señores, basta de tonterías. Les hago una propuesta. Les conmino a abrir los ojos de la juventud en acciones y obras. Traten de ganarse a los chicos del barrio y que se den cuenta de estos errores terribles en los que viven sumidos. Así forjaremos de nuevo sus corazones en paz y amor y que la armonía los envuelva para una vida plena y próspera, rica en buenos hechos e intenciones, sin quedarse ahí, por supuesto.
-¡Qué bien habla usted!
-Yo por mi parte haré lo mismo, aunque ya saben que un cura siempre causa un poco de rechazo por parte de los jóvenes. Pero lo intentaré de todas formas.
-Como un machote. Perdone padre pero me parece un poco extraño que usted conmine a nada con lo ratilla que es para el vino de la misa que siempre se lo acaba solo.
-Eso es cierto. Podría un día dejárnoslo probar, una idea.
-Déjense de historias y a lo dicho. Hacemos lo acordado y el próximo domingo nos vemos en la misa de medio día. ¿Estamos de acuerdo?
-¿Entonces no conmina a nada?
-¡Vaya par de dos! El domingo que viene cuando recontemos las almas salvadas de las enormes garras afiladas del ingente monstruo...
-No diga esas cosas que después sueño.
-… del consumismo exagerado de la sociedad actual, entonces les conminaré a algo.
-Eso quería yo escuchar.
-Pues feliz como estoy de nuestro plan prosigamos con la eucaristía que nos trajo hasta aquí.
En el nombre del Padre,...
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